El museo

I

-“Espera un poco, no vayas solo, quiero conocer contigo ese museo”, me dijo, con ese gesto encantador de niña mimada y el tono de voz que usaba siempre que quería hacer su voluntad, después de contarle que sus paredes inclinadas evitaban que la luz del sol cayera directamente sobre las obras de arte que se exhibían allí.

Yo no quería retrasar más tiempo la visita al lugar, pero cedí, como cedí en otras cosas, para recibir a cambio uno de sus besos, que me dejaban sin aliento, y un “gracias” dicho con esa voz un poquito nasal que tanto me gustaba.

Nunca fuimos juntos al museo: semanas después decidió que yo no la hacía feliz, que las pequeñas diferencias que antes hacían divertida nuestra vida juntos, habían aumentado hasta convertirse en cañones del Colorado que nos separaban mucho y  le impedían ser feliz.

“Seamos sólo amantes y poco a poco nos alejaremos, así cuando yo quiera verte te busco y los dos estaremos contentos”, me propuso, con la misma dulzura que un cirujano anunciaría que le cortará las manos gangrenadas a su paciente.

Decidí que esa propuesta era mejor que perderla por completo y de nuevo cedí. como cedí en otras cosas, pero el acuerdo dio frutos amargos: el amor dependía de la cama y en ella estábamos tres.

Ella lo instaló en medio de nosotros desde nuestra primera vez, ¡y cómo no!, él la habían rescatado, después de una década de un matrimonio sostenido por la infelicidad y la indiferencia. Le regaló sesiones amatorias de campeonato y también abandonos que ella recordaba y repetía todo el tiempo.

Ella extrañaba vivir esa vida con ruta de montaña rusa con él y volvió a verlo mientras jugaba a ser mi amante. Sin embargo,  los triángulos no tienen curvas, y éste  se rompió por lo más delgado: mis sentimientos. Al notarlo, ella, extrañada,  no entendió mi enojo, mi rabia, mi dolor e insistió en seguir siendo “mi amiga”.

II

-“Vamos a ese museo”, le dije aquel sábado cuando la conocí, mientras desayunábamos. Fascinado con sus ojos y su sonrisa, sólo pensaba en alargar el momento brincando de la cafetería al museo de al lado, el mismo de las paredes inclinadas que evitaban que la luz del sol cayera directamente sobre las obras de arte.

Cuando por fin recorrimos el museo, interpretamos cada obra que pudimos y pude sentir sus manos de pianista: fuertes, largas, listas para iniciar un concierto con el trío con el que ella tocaba.

Nunca antes sentí unas manos iguales: si había algo que la definía eran sus manos, con ellas me prometió un concierto para piano, que nunca me tocó, y  que todo terminaría bien.

No me prometió nada, primero debía clausurar esa relación en la que había invertido tres años, repletos con ausencias de él. Pero al mismo tiempo, cuando él reapareció, ella inauguró conmigo una época de ausencias apenas mitigada con correos electrónicos y largas llamadas telefónicas, así como su promesa de “todo va a salir bien para los tres, ya lo verás”..

Ella no mentía, pero ignoraba que elegir a una sola persona para amar, siempre causa dolor a otra más.

Volví a verla antes de otro de sus conciertos de piano con su trío, al que tampoco pude asistir: era una fiesta privada. Con una solitaria flor en sus manos, la única que le di, de todas las que le prometí, entró al sitio de la fiesta y me dijo el último adiós.

Tres semanas después y luego de algunos mensajes de texto en mi teléfono celular y varias disculpas, recibí un correo electrónico de ella, casi como un obituario, donde me pedía perdón, decía que era muy difícil dejarlo, que intentaría mantener su relación con él a pesar de los husos horarios tan diferentes que habitaban  y cerraba con un “no me guardes rencor, ojalá y pueda ser “tu amiga””.

Guardo varias fotografías, testigos de aquella tarde en el museo: imágenes de pìnturas; de un enorme y frágil corazón hecho con fibras vegetales; así como de cobertores donde unos sicarios envolvieron a sus víctimas para abandonarlas en las calles de alguna ciudad acostumbrada a encontrar cadáveres a la hora de barrer en la madrugada.

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4 comentarios sobre “El museo

  1. Ah muy bien, acá tenemos todos los elementos de un cuento😀. Espero que ese cadáver esté bien enterrado y que alguien haya encendido una veladora en su nombre y no ande vagando por los infortunios de los amorosos males.
    Saludos

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